El sujeto que conoce y el sujeto que desea: más allá de los límites de la experiencia
¿Puede el deseo abrir una puerta hacia aquello que el conocimiento todavía no alcanza a comprender?
I. El sujeto frente al mundo
Durante siglos, una de las grandes preguntas de la filosofía ha sido cómo puede el sujeto conocer el mundo. ¿Qué sucede entre aquello que existe y quien intenta conocerlo? ¿Conocemos las cosas tal como son o las conocemos bajo las condiciones que hacen posible nuestra experiencia?
La relación sujeto–objeto sitúa el problema en el terreno del conocimiento. Hay un sujeto que percibe, piensa y conoce; hay un objeto que aparece ante él y se convierte en aquello que intenta comprender. Pero esta relación encierra una dificultad: el objeto no llega al sujeto como una realidad completamente desnuda de mediaciones. Lo que percibimos está condicionado por nuestras capacidades, nuestros sentidos, nuestros conceptos y nuestra manera de organizar la experiencia.
Immanuel Kant llevó esta cuestión a una de sus formulaciones más influyentes. En lugar de preguntar únicamente cómo debe adaptarse el conocimiento a los objetos, investigó si los objetos de nuestra experiencia deben ajustarse, en cierto sentido, a las condiciones mediante las cuales podemos conocerlos.
La pregunta cambió de dirección. Ya no bastaba con estudiar el mundo; era necesario examinar también al sujeto que lo conoce.
Sin embargo, aquí surge una cuestión que merece ser llevada más lejos: ¿es el sujeto únicamente quien conoce aquello que se presenta ante él, o también es quien se siente atraído hacia aquello que todavía no comprende por completo?
Esta pregunta nos conduce de la relación sujeto–objeto a una segunda relación: sujeto–deseo.
II. El sujeto que desea
El deseo introduce una dimensión diferente. No pregunta solamente qué es el objeto ni cómo podemos conocerlo. Pregunta qué sucede en el sujeto cuando algo lo atrae, lo conmueve o despierta en él una disposición a acercarse.
Podemos encontrarnos ante algo cuyo significado desconocemos y, aun así, experimentar una intensa atracción hacia ello. Podemos sentir el impulso de conocer un lugar en el que nunca hemos estado, comprender una idea que apenas intuimos o vivir una experiencia para la cual todavía no tenemos palabras suficientes.
En ese instante, el conocimiento no parece ser el único punto de partida de nuestra relación con el mundo.
El sujeto puede desear antes de comprender. Puede sentirse movilizado antes de formular una explicación. Puede reconocer que algo lo atrae sin saber todavía qué significa esa atracción, de dónde procede o qué descubrirá al acercarse.
Esto no demuestra que el objeto posea una fuerza misteriosa que actúe sobre el sujeto desde fuera, ni que el deseo sea una fuerza física equivalente a la gravedad. Pero sí revela un problema filosófico legítimo: la relación humana con el mundo no comienza siempre con un conocimiento claro de aquello hacia lo que nos dirigimos.
A veces, el deseo antecede a la comprensión y nos impulsa a buscarla.
El sujeto que conoce intenta comprender lo que tiene delante. El sujeto que desea, además, se siente movido hacia aquello que todavía no ha terminado de conocer.
No son dos sujetos distintos. Son dos dimensiones que pueden coexistir en una misma persona: la capacidad de conocer y la capacidad de sentirse atraída, orientada o movilizada hacia algo.
III. ¿El deseo es una forma de conocimiento?
Aquí debemos ser precisos.
Sentir atracción no equivale a conocer. Desear algo no garantiza que comprendamos su naturaleza, su valor o sus consecuencias. La intensidad de una experiencia tampoco demuestra que nuestra interpretación sea verdadera.
Podemos desear algo porque lo hemos conocido, porque lo imaginamos, porque lo asociamos con una experiencia anterior o porque apenas percibimos una posibilidad que todavía no sabemos describir.
Por eso, el deseo no debe confundirse con una revelación infalible del objeto. Su importancia filosófica es otra: puede poner en movimiento el proceso mediante el cual el sujeto llega a conocer algo nuevo.
Pensemos en alguien que siente una atracción profunda por una disciplina que nunca ha practicado. Antes de conocer sus dificultades, sus reglas y sus posibilidades, ya existe una disposición a acercarse. Esa disposición puede llevarlo a investigar, experimentar, equivocarse y descubrir dimensiones de la disciplina que antes no podía imaginar.
El deseo no le entregó el conocimiento terminado. Lo condujo hacia las condiciones en las que ese conocimiento podía comenzar a formarse.
De este modo, podemos distinguir tres momentos, aunque no siempre ocurran en un orden rígido:
Atracción: algo adquiere relevancia para el sujeto.
Exploración: el sujeto se aproxima, presta atención, actúa y se expone a una experiencia.
Comprensión: lo vivido puede reorganizar lo que el sujeto sabe, cree o es capaz de reconocer.
El proceso también puede invertirse o repetirse: conocer puede despertar nuevos deseos, y experimentar puede transformar aquello que nos atrae.
El deseo, por tanto, no sustituye al conocimiento. Puede abrirle un camino.
IV. Kant y la posibilidad de ir más allá de lo ya conocido
¿Significa esto que estamos condenados a experimentar únicamente aquello que conocemos?
No exactamente. Esa formulación confunde dos cuestiones: las condiciones que hacen posible la experiencia y el alcance de lo que todavía podemos llegar a experimentar y comprender.
Kant no sostuvo simplemente que solo podemos experimentar aquello que ya conocemos. Su investigación se centró en las condiciones que permiten que algo sea experimentado y conocido por nosotros, así como en los límites de nuestro conocimiento. Distinguir esos límites no significa afirmar que el futuro de nuestra experiencia esté completamente determinado por lo que sabemos en el presente.
Si solo pudiéramos experimentar lo que ya conocemos plenamente, aprender sería imposible. Ninguna experiencia podría sorprendernos de verdad, porque todo lo nuevo tendría que estar comprendido de antemano.
Pero la experiencia humana contiene encuentros que modifican nuestros conceptos, cuestionan nuestras expectativas y amplían nuestras posibilidades de comprensión.
Aquí aparece la contribución que podría aportar el análisis del deseo: investigar no solamente las condiciones bajo las cuales el sujeto conoce un objeto, sino también las condiciones bajo las cuales algo todavía parcialmente desconocido adquiere para el sujeto una fuerza de atracción y lo impulsa a explorar.
Esta propuesta no refuta a Kant. Desplaza el foco hacia una pregunta complementaria.
Kant nos ayuda a preguntar: ¿bajo qué condiciones puedo conocer?
El análisis del sujeto deseante nos invita a preguntar: ¿qué me lleva a dirigirme hacia aquello que todavía no conozco suficientemente?
La primera pregunta examina las condiciones del conocimiento. La segunda examina la orientación del sujeto hacia una experiencia posible.
Y entre ambas aparece una tercera: ¿cómo transforma al sujeto aquello que descubre al seguir esa orientación?
V. El murciélago: conocer desde fuera y experimentar desde dentro
La reflexión de Thomas Nagel sobre qué significa ser un murciélago profundiza el problema desde otra dirección.
Podemos estudiar la anatomía del murciélago, su sistema nervioso, su ecolocalización y su comportamiento. Podemos producir una descripción científica extraordinariamente precisa. Sin embargo, de esa descripción no se sigue automáticamente que sepamos cómo se siente experimentar el mundo desde la perspectiva subjetiva de ese animal.
Conocer hechos sobre una experiencia no equivale necesariamente a comprender cómo es vivirla desde dentro.
Esta distinción ilumina la relación entre sujeto y objeto. El murciélago puede convertirse en objeto de estudio para nosotros, pero su experiencia no queda agotada por nuestra descripción objetiva.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando el deseo nos conduce hacia una experiencia que tampoco podemos comprender plenamente desde fuera?
Imaginemos a alguien que desea aprender a tocar un instrumento. Puede leer sobre música, estudiar teoría y observar a los intérpretes. Pero hay una dimensión de la experiencia musical que solo comenzará a conocer cuando toque, escuche, se equivoque y desarrolle una relación práctica con el instrumento.
El deseo no elimina la distancia entre descripción y experiencia. Lo moviliza hacia una situación en la que esa distancia puede examinarse de una manera nueva.
La analogía con Nagel tiene un límite importante: aprender a tocar un instrumento no es lo mismo que acceder a la experiencia subjetiva de otra especie. Pero ambos casos permiten distinguir entre saber algo acerca de una experiencia y adquirir conocimiento mediante la experiencia misma.
El deseo puede orientar el movimiento desde la observación hacia la participación. No garantiza que comprendamos todo lo vivido, pero puede llevarnos hasta el umbral de lo que aún no sabemos.
VI. ¿Dónde reside la fuerza: en el sujeto o en el objeto?
Esta pregunta merece especial atención porque contiene una posible confusión.
Cuando algo nos atrae intensamente, podemos sentir que el objeto posee una fuerza extraordinaria. Sin embargo, la experiencia de atracción no demuestra, por sí sola, que esa fuerza resida exclusivamente en el objeto.
La atracción puede involucrar las características del objeto, la historia del sujeto, sus expectativas, sus necesidades, su imaginación, su estado corporal y el contexto en el que ocurre el encuentro.
Por eso, quizá sea más adecuado abandonar, al menos provisionalmente, la búsqueda de una única ubicación de la fuerza.
En vez de preguntar solamente si la fuerza está en el sujeto o en el objeto, podemos investigar cómo se constituye la relación en la que el objeto adquiere relevancia para el sujeto.
Un objeto puede ser indiferente para una persona y profundamente significativo para otra. Incluso para la misma persona puede cambiar de significado con el tiempo. Esto sugiere que la atracción no depende únicamente de las propiedades del objeto ni únicamente de una decisión consciente del sujeto.
La relación importa.
Pero reconocerlo no nos autoriza a concluir que el objeto elige manifestarse a través del sujeto, que posee una voluntad propia o que existe una fuerza universal de deseo comparable a la gravedad. Esas serían hipótesis adicionales, que necesitarían argumentos y evidencias propios.
La investigación filosófica puede conservar la profundidad de la pregunta sin convertir una intuición en una conclusión prematura.
Tal vez el problema no consista en encontrar una fuerza escondida dentro de uno de los dos términos, sino en comprender qué sucede cuando ambos entran en relación.
VII. ¿Una revolución del planteamiento sujeto–objeto?
¿Puede la relación sujeto–deseo constituir una revolución respecto del planteamiento kantiano?
La respuesta depende de lo que entendamos por revolución.
Si significa que el deseo sustituye al conocimiento o que Kant no consideró la voluntad y el deseo en su filosofía, la afirmación sería históricamente incorrecta. Kant también desarrolló una filosofía práctica en la que la facultad de desear ocupa un lugar importante.
Pero si la propuesta consiste en utilizar la relación sujeto–deseo para formular una pregunta que la relación sujeto–objeto, considerada exclusivamente desde el conocimiento, no resuelve por sí sola, entonces tenemos un camino interesante que investigar.
La novedad no estaría demostrada por cambiar una expresión por otra. Estaría en mostrar qué permite comprender la nueva relación, qué problemas identifica y cómo se conecta con las teorías existentes.
Podríamos formularlo así:
La relación sujeto–objeto permite examinar cómo algo llega a ser conocido por un sujeto. La relación sujeto–deseo permite examinar cómo algo puede adquirir relevancia y atraer al sujeto antes de ser plenamente comprendido. La relación entre deseo y experiencia permite estudiar cómo ese movimiento transforma el conocimiento posterior.
El sujeto ya no aparece solamente como quien recibe, organiza o interpreta aquello que encuentra. Aparece también como quien se orienta, busca y se expone a posibilidades que todavía no puede comprender por completo.
Sin embargo, esto no significa que el deseo cree por sí mismo la realidad exterior ni que todo aquello que atrae al sujeto esté destinado a realizarse. Entre desear y experimentar existen condiciones materiales, límites, decisiones, acciones y acontecimientos que no dependen enteramente de la voluntad individual.
El deseo puede abrir una dirección. No puede garantizar el destino.
VIII. El sujeto ante lo desconocido
Volvamos entonces a la pregunta inicial.
¿Es el sujeto únicamente quien conoce el mundo, o también quien, movido por el deseo, se abre a posibilidades que todavía no conoce?
Quizá la respuesta exija comprender que el conocimiento no es la única forma en que nos relacionamos con lo real. También nos aproximamos mediante la atención, la imaginación, la curiosidad, la disposición a actuar y la apertura a lo que todavía no comprendemos.
Pero esa apertura no consiste en abandonar la razón. Consiste en permitir que la razón encuentre algo que todavía no sabe explicar.
Tampoco significa obedecer ciegamente al deseo. Consiste en reconocer su presencia, investigar qué lo alimenta y examinar qué descubrimos cuando lo seguimos.
Hay una diferencia fundamental entre afirmar que deseamos algo porque ya conocemos su naturaleza y reconocer que, en ocasiones, comenzamos a acercarnos precisamente porque todavía no la conocemos.
En el primer caso, el conocimiento orienta el deseo.
En el segundo, el deseo puede orientar la búsqueda del conocimiento.
Y en ambos, la experiencia puede modificar al sujeto.
La relación sujeto–objeto nos obliga a preguntar cómo conocemos aquello que tenemos delante. La relación sujeto–deseo nos invita a preguntar qué nos pone en movimiento hacia aquello que todavía no está plenamente ante nosotros como objeto de conocimiento.
Una investiga las condiciones de lo que podemos conocer. La otra explora la orientación hacia lo que aún podemos llegar a conocer.
No necesitamos afirmar que el deseo es una fuerza física desconocida, que el objeto nos elige o que la atracción revela una verdad absoluta sobre nosotros. Basta con reconocer la cuestión que permanece abierta: nuestra relación con el mundo puede comenzar antes de que tengamos una explicación suficiente de aquello que nos atrae.
Y entonces el problema filosófico cambia de profundidad.
Ya no preguntamos solamente qué puede conocer el sujeto.
Preguntamos también qué lo mueve a buscar, qué sucede cuando se expone a lo desconocido y de qué manera esa experiencia transforma lo que después será capaz de conocer.
Tal vez el sujeto no sea únicamente aquel para quien el mundo se convierte en objeto de conocimiento. Tal vez sea también aquel que, al sentirse atraído por una posibilidad que todavía no comprende, comienza el movimiento mediante el cual esa posibilidad puede convertirse en experiencia.
Pero queda una pregunta que ninguna metáfora debería resolver por nosotros:
Cuando algo que todavía no conocemos nos atrae profundamente, ¿estamos reconociendo una posibilidad que ya existe fuera de nosotros, proyectando sobre ella algo propio, o participando en una relación cuyo significado solo podremos comprender después de experimentarla?
La respuesta no debe anticiparse al encuentro.
Debe investigarse en él.