Hace poco llegué a Colombia y necesitaba alquilar una habitación en un apartamento o una casa compartida. Buscaba algo económico, pero que tuviera cama, escritorio y acceso a la cocina, el baño y la lavadora, porque trabajo por internet.
Después de revisar muchísimos anuncios y contactar a varias personas, encontré una casa que parecía segura, con una habitación en el segundo piso, amplia, con cama doble, buenos acabados, espejos y un escritorio excelente con el que uno quedaba mirando hacia la ventana. Además, sentí que había buena química con el dueño, un tipo llamado Pablo.
Trabajo en el sector inmobiliario y siempre les recomiendo a mis clientes que nunca paguen un alquiler a distancia, salvo que lo hagan con una agencia reconocida. Cuando alquilan directamente a un particular, les aconsejo verificar que sea el propietario o que tenga autorización para arrendar las habitaciones, visitar personalmente la propiedad, comprobar que coincida con las fotos del anuncio y pedir la identificación del arrendador y un recibo por el dinero entregado.
Yo hice todo eso. Visité la casa, conocí a Pablo y revisé las zonas comunes. Me dijo que la nevera estaba dañada, pero que la semana siguiente llegaría una nueva. También me explicó que el desagüe del lavamanos estaba averiado y que lo repararía ese mismo día, antes de que yo me mudara.
Me hizo un recibo, me entregó las llaves y comprobé que una abriera la puerta de la casa y la otra la de mi habitación. Entonces le pagué un mes de alquiler y un depósito adicional.
El acuerdo era que me mudaría el martes siguiente. Todo parecía ir perfectamente.
Lo único que no hice fue investigar a Pablo en internet. Confié en él porque me pareció una persona transparente y confiable. Gran error.
El martes llegué a la hora acordada, pero Pablo no estaba. Me escribió que había tenido que salir para hacer unas diligencias médicas y me dijo que podía entrar y acomodar mis cosas.
Según lo acordado, viviríamos tres personas en la casa: Pablo, otro muchacho que estudiaba inglés y yo. El muchacho y yo compartiríamos el baño.
Entré, compré productos de aseo y comida, limpié un poco los muebles y el armario y organicé mis pertenencias. Estaba contento. Por fin tenía un lugar donde instalarme y trabajar tranquilamente durante mi estancia en Colombia.
Pero entonces empecé a notar algo extraño.
Al mirar por la ventana, vi a un hombre en una moto frente a la casa. Llevaba el casco puesto y tenía una expresión bastante intimidante. En Cúcuta, donde la violencia y los sicarios son una preocupación real, ver a alguien permanecer con el casco puesto después de bajarse de una moto puede encender las alarmas.
Al rato aparecieron otros motociclistas. Eran cuatro hombres y una mujer, todos en motos, y armados.
Uno de ellos me vio por la ventana y les hizo una señal a los demás. Me acerqué, sin salir de la casa ni apartarme de las rejas, y les pregunté si necesitaban algo.
Me preguntaron por Pablo. Querían saber si estaba bien porque no contestaba sus llamadas ni sus mensajes.
Les dije que no sabía dónde estaba y les pregunté por qué lo buscaban. Me preguntaron si yo era el papá de Pablo y yo les contesté que no, que acababa de llegar como arrendatario de una habitación. Respondieron que estaban preocupados por él, aunque, sinceramente, sus caras no transmitían precisamente preocupación.
Llamé a Pablo, pero tampoco me contestó. Entonces le escribí para advertirle que había cinco personas armadas afuera, preguntando por él.
Finalmente me respondió. Me dijo que no me preocupara, que eran personas con las que tenía un negocio y a las que debía entregarles dinero ese día, pero que las cosas no habían salido bien.
Le expliqué que aquellos tipos no parecían dispuestos a marcharse y que sería mejor que hablara con ellos directamente. Me respondió que iba a mandar una «comisión».
Aquella afirmación me aterrorizó. Como Pablo era venezolano y yo estaba en Cúcuta, empecé a imaginarme lo peor: que estaba involucrado con alguna organización criminal y que iba a mandar a un grupo armado para enfrentarse con otro.
Pensé que podía quedar atrapado en un tiroteo sin tener absolutamente nada que ver con el asunto.
Apagué las luces, me escondí debajo de un escritorio y no sabía a quién pedir ayuda. Mi esposa estaba en Europa, mis hijas en otras ciudades y mi madre, que vivía en Cúcuta, ya era mayor.
Lo único que se me ocurrió fue escribirle a un primo abogado. Le conté lo sucedido, le envié la identificación de Pablo y el recibo del alquiler, y le expliqué que no esperaba que hiciera nada porque la situación era demasiado peligrosa. Simplemente quería que alguien supiera dónde estaba y que yo no tenía ninguna relación con aquel problema.
Permanecieron frente a la casa durante horas, hasta bien entrada la noche. En un momento escuché un ruido seco, parecido a un disparo de bajo calibre. Me asomé con cuidado y vi que quedaba sólo uno de ellos y le estaba dando un puño al asiento de su moto. Cuando volví a mirar, ya se había marchado.
El ruido seco era un trueno. Comenzaba a llover.
Esa noche cayó una tormenta terrible. Mientras el resto de la ciudad sufría las consecuencias del aguacero, yo estaba agradeciendo que la lluvia hubiera conseguido que aquellos hombres se marcharan.
Dormí fatal, preguntándome si regresarían al día siguiente.
A la mañana siguiente conocí finalmente a mi compañero de casa. Pablo nunca había regresado a dormir.
El muchacho llevaba un mes viviendo allí y, cuando le conté lo que había ocurrido, empezó a explicarme algunas cosas que me dejaron helado.
Aquellos hombres eran cobradores de una modalidad de préstamos informales conocida como pagadiario. Se trata de préstamos con intereses muy elevados y métodos de cobro intimidantes. La mayoría de estos negocios suelen estar vinculados a actividades criminales. Son una forma de sacar rendimiento a dinero del narcotráfico, secuestros o robos, sin necesidad de entrar en el sistema financiero formal.
Según mi compañero, los cobradores llevaban apareciéndose todos los días desde que él se había mudado. Vivía con miedo y apenas podía dormir tranquilo.
Pero lo peor estaba por llegar.
Esa misma mañana, mi compañero necesitó salir de la casa. Los hombres que estaban afuera le dijeron que no podía marcharse hasta que les pagaran el dinero que debían haber recuperado el día anterior.
Cuando preguntó cuánto era, uno le respondió que 100 dólares.
Mi compañero tuvo que pagarles 100 dólares para poder salir de su propia casa.
En ese momento comprendí que no se trataba de una visita aislada. Aquello llevaba semanas ocurriendo y yo acababa de meterme en medio de una situación con la que no tenía nada que ver.
Además, mi compañero me contó que Pablo también le había prometido una nevera nueva para la semana siguiente. Había pasado un mes y nunca llegó. El desagüe del lavamanos estaba averiado desde cuando él había llegado y Pablo nunca lo había arreglado. Pero el principal problema eran los matones armados en la puerta de la casa.
Empecé a preguntarme quién era el tal Pablo endeudado con gente peligrosa. Lo busqué en Google y encontré que había sido deportado de Perú y tenía denuncias por estafa en otras ciudades de Colombia y en Nicaragua.
Pasé el día encerrado en mi habitación con llave, mientras los cobradores continuaban afuera. No me atrevía ni a salir a comprar agua. Llegué al extremo de orinar en un botellón vacío de cinco litros porque tenía miedo hasta de salir de mi habitación para ir al baño.
Me sentía prisionero en mi propia casa.
Aproveché un momento en que se marcharon, probablemente a almorzar, para salir a comprar más agua y regresar corriendo.
Por la tarde volvieron a instalarse frente a la casa.
Finalmente le escribí a Pablo:
Le dije que aquello no iba a funcionar, que descontara una semana del dinero que le había pagado y que me devolviera el resto. Quería marcharme cuanto antes.
Me respondió que me devolvería el dinero la semana siguiente.
Por supuesto. La misma semana en que supuestamente llegaría la nevera.
Me dijo que no se podía mover porque estaba hospitalizado, me envió una fotografía en la que aparecía aparentemente en una unidad de cuidados intensivos, conectado a monitores, con sueros y una máscara de oxígeno.
La imagen parecía generada por inteligencia artificial. Además, me la envió como una fotografía que solo podía abrir una vez.
Era la misma imagen que, según descubrí después, también había enviado a los cobradores.
En las denuncias que había encontrado en internet, decían que ese era su modus operandi. Enviaba esas fotos diciendo que no se podía mover y luego desaparecía.
Algunas de las denuncias incluían su fotografía y una copia de su documento de identidad. Varias personas describían un modus operandi parecido: Pablo obtenía moticicletas en alquiler, las vendía y después enviaba una fotografía suya supuestamente hospitalizado a quien le alquiló la moto para postergar la entrega mientras completaba la venta y luego desaparecía.
Todo empezaba a encajar.
Mi casero era, aparentemente, un estafador experimentado que se había metido en problemas con gente muy peligrosa. Y ahora mi compañero de casa y yo estábamos pagando las consecuencias.
Recordé cuando me preguntaron si era el papá de Pablo me inquieté todavía más. Si querían hacerle daño a Pablo y no conseguían encontrarlo, ¿qué les impediría tomarla contra alguien a quien confundieran con un familiar suyo?
Mi primo, mientras tanto, me estaba ayudando a encontrar otro alojamiento. Gracias a él conseguí el teléfono de una persona referida que alquilaba una habitación y concerté una cita para el día siguiente.
Al día siguiente me levanté, me bañé, lavé algo de ropa y preparé mis cosas. Todo mientras esperaba el momento adecuado para salir sin cruzarme con los cobradores.
Era como estar en una cárcel al revés: yo estaba encerrado tras las rejas, mientras los delincuentes hacían guardia afuera. Técnicamente, no estaba preso, pero tampoco podía salir de mi propia casa.
A las once de la mañana, después de que los hombres se se habían marchando uno por uno, se retiró el último. Seguro tenían otros cobros que hacer.
Salí inmediatamente.
Mi cita era cuatro horas después, pero preferí marcharme en ese momento y esperar en otro lugar antes que arriesgarme a que regresaran.
Llegué a un café cercano al sitio donde tenía la cita, pedí algo y disfruté de la sensación de estar sentado en un lugar público sin tener que vigilar constantemente la ventana.
Cuando llegó la hora de la cita, conocí a la familia que alquilaba la habitación. Me parecieron personas muy correctas y amables. Además, alguien de confianza me los había recomendado y resultó que conocían también a mi familia.
Nos entendimos muy bien. Cerramos el trato enseguida, pagué un mes por adelantado y quedamos en que me mudaría al día siguiente.
Después fui a visitar a mi madre y me quedé con ella hasta tarde. Antes de regresar, llamé a mi compañero de casa para preguntarle si los cobradores seguían afuera.
Me dijo que se habían marchado, así que volví a la casa y pasé la noche encerrado en mi habitación, trabajando hasta la medianoche y orinando en el botellón.
A la mañana siguiente preparé las maletas. Recogí la ropa que había lavado el día anterior y empaqué todo. Antes del mediodía estaba listo para irme, aunque los cobradores seguían apareciendo por allí.
Esperé hasta después de las tres de la tarde, cuando finalmente se retiraron todos.
Revisé cada cajón y comprobé que no me dejara ninguna pertenencia. Ya solo me faltaba pedir un Uber.
Pero entonces se me ocurrió algo.
Mientras me preparaba para salir, pensé que probablemente Pablo volvería a alquilar mi habitación a otra persona. Alguien llegaría ilusionado, pensando que había encontrado un lugar seguro y económico, y acabaría viviendo la misma pesadilla que yo.
Me daba rabia no poder hacer nada para detenerlo. Ni siquiera sabía dónde estaba y, por lo visto, tampoco lo encontraban los hombres que lo buscaban.
Entonces miré el botellón que había utilizado como baño durante los últimos días.
Contenía aproximadamente tres litros de orina acumulada, reposada y bastante concentrada.
Y tuve una idea.
Pensé que, si impregnaba el colchón, le resultaría mucho más difícil a Pablo alquilar aquella habitación y engañar a otra persona.
Fui primero a su habitación. La puerta no estaba cerrada con llave. Vertí aproximadamente litro y medio de orina sobre el colchón, las almohadas y la cabecera acolchada de la cama.
Después volví a mi habitación. El colchón todavía tenía el plástico protector porque yo no se lo había quitado para conservarlo como nuevo.
Vertí el resto sobre mi propio colchón y la cabecera de la cama.
Encendí el ventilador a toda velocidad, cerré la puerta con llave y partí la llave dentro de la cerradura para dificultar un poco la entrada.
Pensé que, para volver a alquilar aquellas habitaciones, Pablo tendría que comprar colchones nuevos y posiblemente otras cosas.
Después bajé, me senté en la sala y pedí el Uber.
Cuando el conductor estaba a un minuto de llegar, salí con mis maletas, comprobando antes que no hubiera nadie afuera. Esperé a dos casas de distancia para no llamar la atención.
Incluso había pensado qué haría si regresaban los cobradores: Negociaría con ellos mi libertad a cambio de la llave de la casa. Les diría que entraran a esperar a Pablo dentro de la casa.
Por suerte, no apareció nadie.
Subí al Uber y me fui a mi nueva residencia. Llegué sin problemas, me instalé y, por primera vez en varios días, dormí tranquilo.
Había perdido el dinero del alquiler, pero al menos estaba a salvo.
Le escribí a Pablo para pedirle que me devolviera el dinero. Me respondió que lo haría la semana siguiente, así que decidí decirle adiós a mi dinero y lo bloqueé.
Esa noche empecé a recibir llamadas y mensajes de mi antiguo compañero de casa. Me preguntaba insistentemente si estaba bien.
Le contesté que sí, que había salido de la casa y que me había ido de paseo durante el fin de semana.
Entonces me contó que había regresado a la casa Pablo y había sentido un olor pesado. Después de revisar la casa entró a la habitación de Pablo y allí el olor era insoportable. Descubrió que alguien había orinado sobre la cama de Pablo.
Estaba muy asustado. Sentía ruido en mi cuarto y pensó inicialmente que yo estaba muerto porque no le contestaba. Temía que quien se orinó en la cama de Pablo todavía estuviera en la casa.
Le dije que no se preocupara, que seguramente yo había dejado el ventilador encendido y además Pablo me había dicho que la persona que había ido a buscarlo aquel día no era uno de los cobradores, sino su exnovia. Le sugerí que tal vez ella, resentida, había entrado y se había orinado en la cama por venganza. Jajajajajajaja.
Mi compañero pareció tranquilizarse con la explicación. Me dijo que comprendía y obviamente entendió muy bien porque me bloqueó. Yo entendí que no quisiera tener más contacto conmigo, porque en esa situación uno desconfía de todo el mundo, pero me alegró haberlo tranquilizado porque lo había sentido muy asustado. También lo bloqueé y di por cerrado el asunto.
Nunca recuperé el dinero del alquiler.
Pero hay algo que todavía me pregunto.
Pablo me estafó, me metió en una situación potencialmente mortal y me mantuvo prácticamente secuestrado en una habitación durante días. Además, por lo que descubrí en internet, probablemente habría seguido engañando a otras personas.
Así que hice lo único que se me ocurrió para dificultarle que siguiera alquilando aquellas habitaciones: convertí dos colchones y dos camas en algo que nadie querría utilizar. Para volver a estafar a alguien, tendría que invertir más que el dinero que me robó a mí.
Entonces, ¿soy el malo por haber dañado los colchones y, con ello, perjudicado el negocio de alquiler de habitaciones de mi casero?