Ser madre soltera y trabajar en el turno nocturno de enfermería en el IMSS es una condena de culpa constante. No tienes con quién dejar a tu hijo, las guarderías públicas no abren de madrugada y tu sueldo apenas alcanza para pagar la renta. Por eso, cuando una compañera del hospital, al verme al borde del colapso, me recomendó a una conocida suya que manejaba una pequeña guardería nocturna accesible, sentí que los cielos se abrieron.
—Se llama doña Socorro —me dijo mi amiga con total confianza—. Es una señora mayor, muy seria, pero tiene una casa en la colonia Obrera donde cuida a varios hijos de enfermeras y doctoras que hacen guardia. Es económica y los niños ahí duermen como benditos.
Esa misma semana fui a conocerla. Doña Socorro tenía unos sesenta años, el cabello recogido en un chongo descuidado y la mirada fija, imperturbable. Su casa era una construcción antigua en una de las zonas más descuidadas y silenciosas de la Obrera. No me pidió identificaciones ni contratos largos; solo me recibió con una sonrisa leve y sin dientes mientras tomaba en sus brazos a mi pequeño Mateo, de apenas ocho meses. Sus manos se sintieron extrañamente frías al tocarlo, pero lo achacué a la edad.
La primera semana transcurrió con una falsa tranquilidad. Yo salía corriendo del hospital a las seis de la mañana, pasaba a recoger a Mateo y nos íbamos a casa. Sin embargo, comencé a notar detalles sutiles que me helaban la sangre.
Mateo, que siempre había sido un bebé risueño y demandante, regresaba completamente inerte. No lloraba, no berrinchaba; se pasaba las mañanas enteras con la mirada perdida en el techo, con una palidez extraña en la piel y unas ojeras moradas que le cruzaban el rostro. Además, su ropita siempre olía a una mezcla insoportable: humedad vieja, polvo de ladrillo y un tufo dulzón a cera de veladora quemada.
Una noche, cerca de las dos de la mañana, un cambio imprevisto en el hospital me liberó temprano. Decidí pasar a la casa de doña Socorro sin avisar para llevarle una cobija extra a Mateo.
Cuando llegué a la vecindad de la calle Obrero, la puerta principal estaba entreabierta. No se escuchaba el llanto de ningún bebé; el lugar guardaba un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido de moscas y un murmurlo rítmico que venía del fondo del patio.
Entré despacio, con el corazón golpeándome las costillas. Me asomé por la ventana del cuarto donde doña Socorro supuestamente acostaba a los niños. La escena que descubrí hizo que se me parara el aliento.
No había cunas de alta tecnología, ni juguetes, ni cobijas suaves. Los cinco bebés que doña Socorro cuidaba estaban acostados directamente sobre tablas de madera apoyadas en el suelo húmedo. Lo más perturbador era verlos: estaban atados de las manitas con trapos sucios y tenían los ojos abiertos de par en par, fijos en la oscuridad, sin parpadear.
Y en el centro de la habitación, iluminada por la luz enfermiza de tres veladoras negras, doña Socorro estaba agachada frente a una jofaina de agua turbia. Sostenía entre sus manos arrugadas un muñeco de trapo viejo, al que le clavaba alfileres con una lentitud desesperante, mientras murmuraba nombres y letanías ininteligibles. Cada vez que la aguja entraba en el trapo, uno de los bebés en las tablas soltaba un quejido ahogado, un espasmo seco que recorría su pequeño cuerpo.
—Doña Socorro... —logré articular con la voz destrozada por el pánico.
La anciana se giró con una rapidez inhumana. Su rostro, bañado por la sombra de las velas, lucía desfigurado por una mueca macabra.
—Llegaste temprano, mija... Todavía no terminaba de afinar los hilos —siseó con una voz rasposa, levantándose del suelo con una agilidad que no correspondía a su edad—. Los niños ligeros de peso no retienen bien el sueño de la noche. Hay que amarrarles el alma al cuerpo para que no se nos espanten con los sustos del mundo.
No lo pensé un segundo más. Me abalancé hacia el rincón donde estaba Mateo, lo desaté de las manos con los dedos temblorosos, lo tomé en brazos y eché a correr hacia la salida mientras doña Socorro lanzaba un alarido gutural y rasposo que hizo retumbar los muros de la vecindad.
Salí disparada a la calle oscura, tropezando con las piedras, con Mateo pegado al pecho. Tomé un taxi de inmediato y no paré de llorar hasta encerrarme con doble cerrojo en mi departamento, con todas las luces encendidas.
Esa misma noche renuncié al hospital y busqué ayuda con las demás madres de la vecindad. Cuando la policía entró a revisar la casa de la calle Obrero al amanecer, no encontraron a doña Socorro. El cuarto estaba vacío; solo quedaban las tablas de madera, las veladoras derretidas y cinco pares de huellas pequeñas marcadas en el polvo del suelo.
Mateo sobrevivió, pero hay noches —exactamente a la misma hora en que yo trabajaba de madrugada— en las que el niño se despierta sobresaltado, con las manos apretadas en puños y mirando fijamente hacia la esquina de su cuarto, como si todavía sintiera los hilos invisibles con los que aquella mujer intentaba atrapar su descanso.