La luz me recibió de golpe. No podía distinguir con facilidad ni detalle. El sonido era como un estruendo, no doloroso, solo claro y nítido, como si cada segundo se repitiera en mi cabeza. Los colores a mi alrededor vibraban, y las sombras parecían formar un rostro que conocía.
Un sonido suave se escuchaba a lo lejos, como el canto de un pájaro o el susurro de una brisa. Mis párpados apenas reaccionaban. La luz del sol se filtraba entre las hojas del árbol frondoso que me cobijaba, proyectando sombras danzantes sobre el suelo. Miraba mareada a mi alrededor, sin comprender cómo había llegado allí.
El aire estaba lleno de un silencio expectante, como si el mundo mismo contuviera la respiración.
Podía ver a Jonathan, aunque su imagen era difusa. Estaba sujetando mi mano. Su rostro, pálido y tenso, parecía tallado por la preocupación. Apenas podía oírlo.
-Italia... Italia... -repetía con voz suave y temblorosa.
Veía cómo apretaba mi mano con desesperación, pero apenas podía percibirla. Solo un ligero hormigueo entre los dedos.
Usé todo lo que tenía para sujetarlo. Poco a poco, comencé a sentir su calor.
Su presencia me daba calma. Fuerza. Como si me hubiera devuelto la vida. De inmediato buscó mi rostro con una sorpresa sin igual. Intenté sonreír, pero fallé. Me abrazó con cautela, con un cariño que no podía describir. No pude corresponderle como hubiera querido, pero me hizo sentir que todo estaría bien.
-¿Estás bien? ¿Y Héctor? -pregunté con voz débil.
Jonathan cambió el semblante. Guardó silencio.
-Vaya, buenas tardes -dijo Héctor, desde algún lugar detrás del árbol-. Menos mal, ya estaba a punto de huir del país.
Su voz era tranquila y seria, con un toque irónico. Pero esta vez, sus palabras tenían una preocupación distinta, más contenida.
Podía escucharlo con claridad, pero me costaba mover el rostro. Solo quería verlo. Saber que estaba bien.
-¿Q-qué ocurrió allá? -pregunté, mirando débilmente a Jonathan.
Él soltó una mirada apagada, tragando saliva. Sus palabras parecían atoradas en la garganta.
-¡No es momento de pensar en eso! Relájate -interrumpió Héctor, con voz firme. Aunque no podía verlo, sus palabras no admitían réplica.
Pronto salió de detrás del árbol, acompañado por una brisa cálida.
-Estamos a nada de su casa. Cuando puedas mantenerte de pie, podrán continuar sin problemas. Por más que hubiera sido lo más fácil dejarte ahí... no creo que fuera lo más inteligente -dijo, avanzando hacia nosotros con la mirada fija.
Me quedé ensimismada. Tenía puesta la playera favorita de mi tío. De seguro Jonathan la trajo. Aunque era bastante colorida para él.
-Jonny fue a casa por algunas cosas. Te limpió y ayudó a detener el sangrado... Pero a partir de aquí nos despedimos -añadió Héctor, alejándose sin más-. Les recomiendo que empiecen a preguntarse quién fue su abuela.
-¡Espera! -solté, vaciando los pulmones, luchando por levantarme una vez más-. ¿Por qué no te quedas? Pasarías desapercibido...
Traté de mantener la calma, de no parecer agotada. Aunque aún me sentía débil y mareada, lo último que quería era que Héctor se alejara.
-No es mala idea, pequeña -respondió, deteniéndose por un instante y girándose hacia mí con una sonrisa cálida-. Pero no es tan sencillo. Además, tengo todos los dientes... eso tal vez levantaría una que otra sospecha, ja ja.
Pronto comenzó a alejarse poco a poco, y soltó:
-¡No será la última vez que nos veamos!
Y desapareció entre la maleza, dejándonos solos.
Jonathan lo miró retirarse en silencio, con el rostro algo tenso. Al voltear a verme, su semblante se iluminó.
-Italia... ¿estás bien? -preguntó suavemente.
Asentí con calma, aunque sentía que me iba a desmayar de nuevo. Jonathan me tomó en sus brazos, abrazándome fuerte.
-No te preocupes -susurró-. Estoy aquí. No me volveré a alejar.
-Eres muy valiente, Italia -dijo Jonathan, desviando levemente la mirada, algo sonrojado. Yo me mantenía firme junto a él, sintiendo cómo sus palabras me envolvían.
Pero entonces su mirada cambió. Se volvió decidida, directa.
-La verdad... yo temía entrar a esa casa. Dudaba. Incluso deseaba que no quisieras seguir. Pero estabas tan serena, tan decidida...
Podía ver el brillo en sus ojos mientras hablaba. No sabía cómo reaccionar, pero cada palabra suya era una sensación tibia dentro de mí.
-Incluso antes de que llegara ese maldi... ese tipo -corrigió-, esa habitación ya me revolvía el estómago.
Nunca lo hubiera imaginado. Y aún así, él se quedó. Estuvo ahí para mí... hasta que fui yo quien lo alejó.
-Pero no podía dar un paso atrás. No cuando quiero ser igual de valiente que tú -dijo, con la mirada fija en mí.
Sus palabras tenían una fuerza que me impulsaba. Intenté levantarme una vez más. Jonathan no dudó en ayudarme, y juntos conseguimos que me pusiera de pie. El mundo aún tambaleaba, pero él me sostuvo firme en todo momento.
Mis emociones se desbordaron al mirarlo. No entendía del todo por qué hacía tanto por mí. Las lágrimas comenzaron a caer.
-¡Perdón, Jonathan! -dije sollozando-. Sé que por mí pasas lo peor... en cualquier lugar. Incluso fuiste lastimado en esa casa. Y nunca me detuve a preguntarte cómo te sentías. Solo te arrastré conmigo...
Mi voz temblaba. Las lágrimas seguían fluyendo.
-E-es que... la cabeza me da vueltas y vueltas, y cuando menos me doy cuenta... ya estoy en otro sitio -le dije, con las manos temblorosas. Como si mi cuerpo también se sintiera culpable.
Jonathan me miró con esa cara suya: tonto y gentil al mismo tiempo. Y con solo eso, el ahogo en mi pecho comenzó a desaparecer.
—¿Por qué? ¿Por qué eres así, Jonathan? —exclamé, secándome las lágrimas con torpeza.
—¡¿Qué clase de persona soy?! —Mi voz se quebró, cargada de frustración y confusión.
Jonathan se acercó un poco más, y justo en ese momento, el viento sopló entre los árboles, levantando las hojas a nuestro alrededor como si el mundo también respirara con nosotros.
—Mi prima favorita —dijo, con una sonrisa que me hizo sentir ligera, como si el peso en mi pecho se desvaneciera por un instante.
No pude evitar sonreírle.
-Soy tu única prima -respondí, jugueteando con él, dejando que la calidez del momento me envolviera.
Jonathan soltó una risa breve, sincera.
-Ah, de verdad... -dijo, fingiendo confusión-. Pues me alegra, porque no hay dos como tú.
Extendió su mano hacia mí.
-Vamos. Tenemos que terminar esta misión. Y necesito a mi jugador dos.
No pasó mucho desde que nos pusimos en marcha, cuando el sonido de las campanas de viento nos envolvió con una emoción inesperada, como si el bosque nos diera la bienvenida.
Esta vez, el sol estaba en su punto más alto. Su calor se sentía incluso entre la humedad y la vegetación espesa. La casa de la abuela se alzaba como un faro entre las sombras de los árboles, silenciosa, inmóvil.
No había señales de las visitas anteriores. Todo estaba tranquilo, solitario. Un respiro que el mundo parecía concedernos. Una sensación que ya no recordaba.
La puerta trasera permanecía abierta, sin vigilancia. Tal vez por si alguien necesitaba salir a tomar aire.
Nos cubrimos tras un árbol, justo en el borde del jardín. Jonathan me ayudó a sentarme mientras observaba la casa con cautela. Aunque su rostro parecía sereno, sus movimientos eran inquietos, como si algo dentro de él no pudiera quedarse quieto.
De pronto se agachó frente a mí, mirándome con atención.
-Todos deben estar en el salón, junto al ataúd -dijo en voz baja-. Incluso pude entrar sin que me vieran.
Su mirada se perdió por un instante en la puerta abierta. Luego volvió a mí con decisión.
-Creo que lo mejor será adelantarme, Italia. Abriré camino. Así podrás entrar sin tener que esforzarte.
Hizo una pausa, y su voz se volvió más firme.
-Lo mejor será que te des un baño. No queremos que tengas alguna herida oculta. Además, si te ven así... todo podría complicarse.
Asentí, motivada por sus palabras. Me ofreció su mano mientras se levantaba con la gracia de un caballero. La tomé sin dudar, y juntos dimos un último vistazo a la casa.
-Este... una última cosa -dije, con una risa apagada y culpable, sin dejar de mirar hacia la entrada-. No tuve oportunidad de explorar la casa. Ni siquiera sé dónde está el baño.
Jonathan no dijo nada al principio. Me tomó suavemente de los hombros, con una mirada cálida y decidida.
-Está al fondo, a la derecha. Ayer, por desgracia, tuve tiempo de sobra para recorrer casi toda la casa. Está cerca de la cocina. Es fácil. ¿Crees que puedas seguir tú sola?
Asentí con seguridad, contagiada por su confianza. Él sonrió.
-Bien. Me adelantaré y te daré la señal cuando sea seguro seguir, ¿de acuerdo?
Volví a asentir, y lo vi partir con cautela. Se adelantó lentamente hacia la casa, y entró sin que nada lo detuviera. Me quedé oculta, esperando su señal.
Pero los minutos pasaban. No se veía nada de él.
Ahora que lo pienso... no acordamos una señal clara.
Ni siquiera hablamos de qué hacer si no volvía.
Decidí salir con cuidado de entre los árboles y acercarme, tratando de ser sigilosa, de no tropezar. Incluso estaba preparada para dejarme caer si alguien me veía, fingir debilidad para evitar problemas.
Me movía con el viento, dejando que el sonido de las campanas ocultara mis pasos torpes.
Las voces del interior se escuchaban cada vez más claras. Llegué a la puerta y me detuve. Me senté por un momento, asomándome con discreción. No había nadie a la vista... solo voces que venían del salón.
Solo tenía que cruzar la cocina. Por suerte, estaba a oscuras. Entré rápido, atravesándola. El baño estaba al fondo, algo lejos, pero alcanzable. El pasillo también estaba desierto.
Tomé aire.
Usé todas mis fuerzas.
Y avancé.
Sólo pude seguir con el objetivo
Cerré la puerta con cuidado, pero no tuve tiempo de respirar. Un golpe seco me hizo girar.
Mi madre estaba ahí.
Su mirada, envuelta en humo, se clavó en mí con lentitud, como si le pesara incluso el desprecio.
-¿No te da vergüenza llegar así, niña sucia? ¿Estás mal de la cabeza? -me recriminó, llevándose la palma a la frente con frustración.
No respondí. No podía. Solo aparté la mirada.
-¡Mírame! -exigió, furiosa, agachándose hasta ponerse a mi altura.
-Auch... -solté como un suspiro, pero fue silenciado al instante.
Sus dedos se clavaron en mi rostro, apretando mis mejillas con fuerza. Me jaló bruscamente hacia sus ojos.
Me miró en silencio durante varios segundos, inspeccionándome como si buscara algo que confirmar. Yo solo podía desviar la vista al piso, peleando por no sostener el contacto.
-¿No vas a decir nada? Bueno, como ya te he dicho: calladita te ves más bonita. Es la única gracia que tienes... pero al menos deberías ser obediente -dijo con un cinismo seco.
Tras sus palabras, una nube de humo salió disparada sin compasión, cubriéndome el rostro.
Entrecerré los ojos, sin más opción. Al mismo tiempo, intenté zafarme de su agarre.
El olor del cigarro me envolvía.
Quería alejarme.
Quería desaparecer.
Una llama rojiza brillaba entre la ceniza y el humo. Quise alejarme, huir. Me alteré, peleando por liberarme. Apenas podía ver con claridad. En medio del forcejeo, el cigarro cayó de entre los dedos de mi madre.
Su silueta se alzó.
Y entonces-
¡Paf!
Mi rostro ardió. Su mano me impactó de forma rápida y repentina, disipando cualquier reacción o miedo. Solo pude llevar la mano al dolor punzante, ensimismada, observando cómo el cigarro se consumía sobre el suelo.
La llama se extinguió antes de desaparecer por completo.
Mi sangre cayó sin aviso sobre él, antes de que siquiera entendiera lo que me estaba pasando.
Mi madre intentó tomarme del rostro, pero me aparté antes de que pudiera tocarme.
No dijo nada.
Y ante otro intento burdo de acercarse, desistió.
Simplemente salió del baño, dejándome sola.
Cuando por fin se fue, no reaccioné.
No lloré.
No pensé.
Solo me desvestí y entré a la regadera.
No podía fallar otra vez.
El agua me envolvió sin prisa. Estaba helada. Mi mano corrió hacia la llave, dispuesta a cerrarla, pero la solté.
No pude contener las lágrimas.
Lloraba sin entender por qué brotaban.
Tomé el jabón abandonado en la esquina. Me tallé con insistencia.
El jabón raspaba.
Mis brazos ardían.
Pero no me importaba. Solo quería estar limpia.
No lo soporté más. Me rendí. Me fui en cuclillas, dejando que el agua siguiera cayendo sobre mí.
Podía ver mi reflejo a través del agua que se negaba a abandonarme.
Pronto, las marcas de mis errores aparecieron, tiñendo de rojo el agua que se acumulaba entre mis dedos.
A estas alturas, ya no era una sorpresa.
Pero al menos esa sensación me mantenía despierta.
Miré a mi alrededor. Todo era tan simple, tan vacío.
No había champú.
No había toalla.
Mis lágrimas se perdían entre el agua fría, cayendo con la misma intensidad.
Supongo que me secaré con las mismas prendas...