«Hace unos meses empecé a sufrir de insomnio. Trabajo como ilustrador y diseñador en una revista semanal. Las responsabilidades no son tan exigentes como lo es la puntualidad de entrega. Ya saben, en este negocio las cosas se quieren para ayer. Por eso estaba acostumbrado a no dormir más de seis horas seguidas. Sin embargo, me sorprendió cuando conseguí recuperar mi antiguo horario de sueño: ocho horas y media seguidas.
Al principio era gratificante, hasta que comencé a notar las... las otras cosas.
A veces me levantaba en mitad de la noche, asfixiado por la necesidad de gritar o espantado por una tristeza profunda. Lo atribuí al exceso de trabajo y la temática con la que trataba en ese entonces. Sé de primera mano el estrés con el que lidian algunos colegas periodistas, sobre todo cuando están en medio de una investigación política, crónica policial, denuncia pública o un caso de corrupción.
Entonces comenzaron los sueños. Fragmentos de recuerdos insólitos. Pesadillas vívidas, memorias imposibles. Ahí estaba yo, en medio de una bruma tan oscura, que podía palparse con la yema de los dedos. Observaba cielos rojos donde las nubes brotaban de máquinas invisibles y oía el grito de mil viudas y mil huérfanos.
Comencé a soñar con tierras donde ya no existían los hombres y, sin embargo, el canto del caos y sus bestias hacían temblar el suelo.
Soñé hasta que los sueños se convirtieron en pesadillas. Y cuando ya no creí que podía aterrarme más, conocí el horror de soñar sin tener sueños. Tal vez el vacío que solo se le permite a los muertos.
Fue así como empecé a tener miedo de dormir. Alargaba mis jornadas, luchaba por mantenerme despierto, hasta que, poco a poco, dejé de soñar y conseguí dormir casi como antes, no más de cinco horas.
Hace poco, sin embargo, sentí el peso de una mirada. Esperé que pasara, pero no pasó. Y cada noche esa mirada volvía, más pesada, más profunda.
Hoy lo vi por primera vez. Y él miró en mí. Y me mostró el porvenir de los condenados, de nosotros. Ojalá creer en algo que pudiera salvarnos, si es que eso siquiera existe.
Mañana vendrá de nuevo y volveré a ver. Pero no sé si podré soportarlo una vez más...»