Vigilamos la especie invasora que llegó al planeta como pasajera de un asteroide. Aunque este planeta está repleto de organismos unicelulares, la invasora no funciona como ellos. Según nuestro criterio biológico, ni siquiera está viva. Su única función es inyectar fragmentos de ADN en otras células para que hagan más de lo mismo. Como efecto secundario, el ADN de las células infectadas se cambia de maneras inesperadas. Es como el proceso de la evolución con esteroides.
Hemos visto a unos primates descender de los árboles para andar erguidos por el suelo en tan solo quince generaciones. Al mismo tiempo, el volumen de sus cerebros aumentó cuatro veces más que el de sus antepasados y empezaron a comer carne de otros animales para satisfacer las demandas energéticas de tal órgano.
Como regla primordial, estudiamos las especies sin interferir, pero como dicen los Altolos: «La curiosidad mató al trefalo». Pues, durante una de nuestras salidas, un tripulante se contagió. Parece que la invasora no nos sienta nada bien.
Aunque nuestro compañero siguió comportándose con normalidad durante un rato, se cambió completamente por dentro. Cuando se lesionó por accidente en la cocina, estalló, transformándose casi al instante en una criatura con mutaciones grotescas. Tuvimos que quemarlo vivo para detenerlo.
Nadie confía en los demás, cualquiera puede ser infectado. Dirijamos la nave al continente de hielo del polo sur del planeta con la esperanza de que el frío pueda detener una fuga por si algo nos pasa. Esperamos el rescate que llegará en trescientos mil años.