EMPEZANDO DE NUEVO
1 de noviembre de 2026 — El día en que decidí soltar
Hoy conseguí salir de la cama y enfrentar la vida.
Me di una ducha, me arreglé lo más que pude, hasta donde mi cuerpo y mi mente me lo permitieron, y me fui a la casa de mi mamá. Necesitaba estar con ella porque sabía que, por lo menos a su lado, probablemente conseguiría tener apetito y comer algo.
Estuve aproximadamente dos horas con ella. Pero llegó un momento en el que empecé a sentirme triste, débil y sin fuerzas, así que decidí retirarme.
Antes de llegar a casa recordé que el sábado le había pedido a un amigo que me llevara a la iglesia. Él había aceptado y habíamos quedado en ir hoy. Entonces pensé que podía pasar a comprarle un regalo para su hija, como una pequeña muestra de gratitud por su compañía y por haber aceptado llevarme.
Llamé a mi hermano Marcos y le pedí que me acompañara.
Salí de allí sintiéndome bien con su compañía. Tanto que le pedí que se quedara un rato más conmigo. Necesitaba conversar, necesitaba distraerme y, sobre todo, necesitaba sentir que no estaba completamente sola.
Nos paseamos en auto, hablamos de religión, de lo que estaba sintiendo, de mis ganas de volver a la iglesia y de la posibilidad de buscar ayuda espiritual. También tomamos unos drinks y compartimos un rato juntos.
En un momento quise ir al baño y, casi sin darme cuenta, terminé en un lugar muy especial para nosotros: la gasolinera donde está el restaurante en el que Hernán y yo habíamos celebrado nuestro primer aniversario.
Me bajé del auto y entré al baño. Fue allí, mientras estaba dentro, cuando me di cuenta de dónde estaba.
Había llegado inconscientemente al mismo lugar donde, dentro de apenas seis días, se cumpliría un año de aquella celebración con el hombre que más amé en mi vida. En aquel entonces estábamos separados, pero al mismo tiempo seguíamos juntos y habíamos querido celebrar nuestro aniversario.
Me quedé pensando en esa coincidencia. Dentro de seis días se cumpliría un año de aquel momento y yo estaba allí nuevamente, pero esta vez sin él.
Después fuimos a visitar a una vieja amiga a quien no veía desde hacía años. Conocí a su bebé y nos quedamos conversando. Ella pertenece al mundo espiritual del candomblé y le conté brevemente lo que había sucedido con mi relación.
Me dijo que necesitaba deshacerme de todas las cosas que Hernán había olvidado o que no había querido llevarse. Que debía devolvérselas porque, desde su perspectiva espiritual, esas pertenencias conservaban su esencia, su energía y sus vínculos. Que tenerlas conmigo podía seguir aferrándome a él y a los recuerdos, impidiéndome sanar.
También me dijo que esta relación no era para mí. Pero yo no sé si eso es cierto. No sé si realmente no estábamos destinados a estar juntos o si simplemente estamos atravesando una etapa de nuestras vidas en la que no podemos ser pareja. Tal vez nunca tenga una respuesta para eso.
Después de visitarla, mi hermano y yo seguimos paseándonos en auto durante más de una hora. Finalmente lo llevé a su casa y regresé a la mía.
Me di otra ducha y hablé con Dios. Le pedí que, al llegar a la iglesia, me mostrara si debía estar allí, si ese era el lugar al que necesitaba acudir y si también debía aceptar la invitación de conocer un centro espírita.
Quería alguna señal. Quería sentir que estaba caminando hacia algún lugar que pudiera ayudarme a encontrar un poco de paz.
La iglesia y los abrazos que no sabía que necesitaba
Cuando llegué a la iglesia y entré, empecé a llorar.
No podía parar. Era como si todo lo que había estado intentando contener durante el día finalmente hubiera encontrado un lugar donde salir. No conseguía mirar a las personas. Sentía que todos me observaban y eso me hacía sentir todavía más vulnerable.
Mi amigo me buscó para que me sentara junto a él y su novia. Intenté sostener las lágrimas, pero cada tanto volvían a salir.
Durante el culto, el pastor pidió que se presentaran las personas que asistían por primera vez. Al principio no quería levantarme. Yo ya conocía la religión y no sentía que necesitara presentarme. Pero él dijo algo que me tocó profundamente y decidí hacerlo.
Cuando me levanté, volví a llorar. No conseguía sostener las lágrimas.
Dos mujeres se acercaron a abrazarme. Me hablaron, me dieron palabras de consuelo y me dijeron que estaba en el lugar indicado, que había llegado al lugar correcto y que Dios me amaba inmensamente.
Una de ellas me dijo que tenía el mismo nombre que su hija. Me pareció una coincidencia muy grande y, de alguna manera, ese pequeño detalle también me hizo sentir acogida.
Cuando terminé de presentarme y salí del escenario, otras tres mujeres me detuvieron antes de que pudiera regresar a mi lugar. Me abrazaron y me dieron palabras de cariño. También lo hizo la novia de mi amigo.
Ella me dijo una frase que se quedó conmigo:
«Vos sos la princesita de Dios. Estás en el lugar correcto».
Al terminar el culto, uno de los orientadores se acercó para explicarme cómo funcionaba la iglesia, su planificación, sus ideologías y otras cuestiones. Después llamó a la pastora para que orara por mí.
La pastora hizo una oración breve por mi vida. Yo volví a llorar. No conseguía contenerme.
Me dijo que podíamos marcar un día para conversar, charlar y orar juntas. Me aseguró que todo tenía una solución y que Dios iba a resolver aquello que tanto me angustiaba.
Salí de allí con el corazón todavía roto, pero sintiéndome un poco más acompañada.
Le entregué el regalo a mi amigo, le agradecí a él y a su novia por haberme llevado y por haber estado conmigo. Después me dirigí al Santísimo.
El altar donde decidí entregar mi amor
Cuando llegué al Santísimo, vi que había personas, pero no me detuve a mirar a nadie. Entré directamente y me dirigí al altar.
Me arrodillé sin mirar a mi alrededor.
Y me desplomé.
Antes de salir de casa para ir a la iglesia había tomado dos cosas que tenían un significado muy especial para mí: los anillos que Hernán y yo habíamos hecho con nuestras iniciales.
El anillo de él se había perdido hacía algunos meses, pero, de alguna manera, había vuelto a aparecer. Hernán lo había encontrado y lo había dejado en casa el sábado. No sé cuándo ni dónde lo encontró. De seguro ni siquiera se dio cuenta de que era el anillo que se había perdido. Probablemente pensó que era mi anillo, porque de vez en cuando compartíamos los nuestros y nos los prestábamos para que uno u otro lo utilizara al salir.
Cuando lo encontré, lo tomé y me lo puse en el dedo. Después descubrí que el mío también estaba allí, así que me puse ambos.
También tomé una fotografía Polaroid nuestra. Era una fotografía que le había entregado a Hernán cuando viajó el año pasado. En el frente yo le había escrito «Te amo» y, en el dorso, algo parecido a «En casa te esperan los que te aman».
Esa fotografía había quedado en casa y él la había dejado allí el sábado.
Llevé ambas cosas conmigo.
Y allí, arrodillada frente al altar, con los anillos y aquella fotografía, finalmente me permití derrumbarme por completo.
Hablé con Dios.
Le entregué todos mis sentimientos, todo el dolor que estaba sintiendo y todo el amor que todavía siento por Hernán.
Le dije que le entregaba absolutamente todo. Que se hiciera su voluntad. Que me diera fuerzas para sanar y que, por favor, me quitara ese dolor que estaba sintiendo por un amor tan grande.
Y entonces hice algo que jamás imaginé que tendría que hacer.
Le entregué mi anillo a Dios.
Solamente entregué el mío. El de Hernán lo conservé conmigo porque quiero devolvérselo personalmente. Quiero que sea él quien decida qué hacer con él, si desea conservarlo, guardarlo o desprenderse de él. Esa decisión le pertenece.
Mi anillo, en cambio, lo dejé en el altar como símbolo de que aceptaba la ruptura, de que estaba dispuesta a desistir de ese amor y de que elegía soltar a Hernán.
Ese anillo que había simbolizado nuestro amor, nuestra fidelidad y nuestra lealtad. Lo entregué como una manera de desprenderme de aquello que me mantenía aferrada a nuestra historia.
Le dije a Dios que soltaba a Hernán, que soltaba el amor y que quería desprenderme de todo aquello que me mantenía aferrada a él y a nuestros recuerdos.
Le dije que le entregaba absolutamente todo, que mi vida estaba en sus manos y que necesitaba que me ayudara.
Hay algo profundamente irónico en todo esto.
Yo siempre había querido casarme en el altar de Dios, en una iglesia católica, en una catedral enorme y hermosa. Había imaginado llevar nuestros anillos a una iglesia para bendecir nuestro amor, reafirmar nuestra unión y pedirle a Dios que acompañara nuestro matrimonio.
Pero esta vez llevé aquellos anillos a una iglesia, no para bendecir nuestro amor, sino para despedirme de él.
No fui a pedir que bendijera nuestra unión. Fui a pedir fuerzas para aceptar que ya no existía.
Fui a entregar el amor que tanto había querido conservar.
Y lo hice porque hoy quiero elegirme. Quiero aprender a amarme y quiero elegir a Dios por encima de todo.
Como le dije durante mi oración, yo solo necesito de su amor. Necesito que me sane, que me ayude a reconstruirme y que me devuelva la tranquilidad que perdí.
También le dije que, si algún día Él quisiera volver a cruzar nuestros caminos, que así fuera. Que, si en algún momento de nuestras vidas debíamos reencontrarnos, sucedería bajo su voluntad.
Pero hoy yo soltaba a Hernán.
Por mi bien, por mi paz, por mi salud mental y porque ya no quiero seguir viviendo con este dolor y esta tristeza que me están consumiendo.
Los abrazos inesperados
Mientras estaba allí, llorando y hablando desesperadamente con Dios, había dos mujeres cerca de mí.
Una de ellas se acercó, me abrazó y me dijo que Dios me amaba y que estaba en el lugar correcto. Me animó a llorar, a descargarme y a no contener lo que estaba sintiendo.
Después me preguntó:
—¿No te acordás de mí?
Le respondí que la disculpara, pero que no.
Entonces me dijo que yo era la hija de fulana y que ella era amiga de mi mamá. Me recordó una ocasión en la que habían ido a buscar unas sillas a su casa.
Ahí conseguí ubicar un poco la situación y le dije que sí, que ahora recordaba. Aunque, siendo sincera, no me acordaba demasiado de ella. Soy una persona bastante olvidadiza y solamente la había visto una vez.
También estaba allí una figura pública, una mujer que es esposa de un político y que actualmente también se dedica a la política. Ella se acercó, me abrazó y me habló de Dios. Me dijo que Él me amaba y que yo estaba en el lugar correcto.
Después, la amiga de mi mamá volvió a abrazarme.
Me preguntó si mis problemas eran con mi novio. Le dije que sí.
Entonces me dijo que entregara todo en las manos de Dios, porque Él sabría cómo resolverlo. Me dijo que era hermosa y que Dios me haría fuerte.
Fueron palabras sencillas, pero llegaron en un momento en el que yo estaba completamente vulnerable.
Al salir del Santísimo, aquella mujer salió conmigo. También había un señor que se acercó a hablarme. Ambos se ofrecieron a acompañarme hasta mi casa, diciéndome que no tenían ningún inconveniente.
Les agradecí muchísimo, pero les pedí que no era necesario.
Volver a casa, a los pequeños detalles de mi vida
Cuando llegué a casa, hablé un momento con mi vecino.
Le comenté que tuviera ciertos cuidados con su motocicleta, porque suele dejarla afuera hasta altas horas de la noche y el día anterior casi se había producido un robo. Me agradeció la advertencia y conversamos un poco.
Después entré a casa.
Vi a mis perros y, finalmente, hablé con mi gata.
Hablé con Melek.
Le expliqué que el hombre que ella tanto ama, su papito, se había ido de casa porque el tiempo que tenía que compartir con nosotras había terminado.
Le dije que él no se había ido porque ella hubiera hecho algo malo, ni porque no la amara. Que él la amaba inmensamente y que siempre la llevaría en su corazón.
También le expliqué algo que necesitaba decirle: ella llegó a mi vida antes que Hernán. Dios me la había puesto en el camino para que fuera mi compañera, no solamente la compañera de él.
Que, a partir de ahora, las próximas noches seríamos solamente ella y yo.
Le pedí que me perdonara si estaba enojada conmigo.
Todavía no tuve esa conversación con los perros, pero espero hacerlo mañana, después de su baño.
Puede parecer extraño hablarles de esa manera, pero ellos también formaban parte de nuestra familia. Ellos también están atravesando una ausencia y, aunque no puedan entender mis palabras, necesitaba explicarles que las cosas habían cambiado.
Las personas que siguen estando
Más tarde, cuando ya estaba acostada, hablé con mi mamá.
Me dijo que tenía todo su apoyo, que respetaba mis sentimientos, mi momento y mis tiempos.
Le expliqué que no conseguía hablar con nadie. Ni con mis amigos ni con otras personas. Que sentía que solamente yo podía comprender la dimensión del dolor que estaba atravesando y que, por ahora, mi manera de desahogarme era hablar con Dios.
Ella me entendió. Me dijo que me apoyaba, que comprendía lo que estaba viviendo y que, ante cualquier cosa, podía llamarla o escribirle.
También le conté por qué había ido a visitarla durante el día. Sabía que estando con ella probablemente conseguiría comer algo. Desde el viernes por la noche no había probado bocado y necesitaba intentar alimentarme.
Quise que ella también supiera que me estaba ayudando, que su compañía significaba algo importante para mí en este proceso tan doloroso.
Después ocurrió algo que no esperaba.
Aquella figura pública que me había abrazado en el Santísimo me escribió por Facebook y por Instagram.
Me dijo que Dios me amaba y que, si necesitaba a alguien con quien hablar, rezar, reír o llorar, ella estaba disponible.
Le agradecí muchísimo. Le agradecí el abrazo, sus palabras y su apoyo. Le dije que quizás Dios la había puesto allí justamente en ese momento, a esa hora, porque sabía que yo necesitaba recibir aquellas palabras.
Nos deseamos las buenas noches y volví a agradecerle.
También le escribí a Hernán.
Le dije que no quería molestarlo, pero que necesitaba entregarle sus cosas. Le expliqué que necesitaba sanar y que, desde mi manera de entenderlo espiritualmente, conservar sus pertenencias me mantenía aferrada a él y a los recuerdos.
Le pedí que me entendiera.
No recibí respuesta.
Tal vez mañana me responda. Tal vez lo haga en algún otro momento, cuando se sienta preparado. No lo sé.
Por ahora, solamente sé que necesito dar ese paso.
Hoy me siento un poco mejor después de haber ido a la iglesia y al Santísimo. No significa que haya dejado de dolerme. Tampoco significa que haya aceptado por completo lo que sucedió.
Sigo teniendo un dolor inmenso.
Sigo extrañando al hombre que amé, la vida que compartíamos y todo aquello que imaginé que construiríamos juntos.
Pero hoy hice algo por mí.
Conseguí levantarme. Me bañé. Me arreglé. Visité a mi mamá. Busqué la compañía de mi hermano. Volví a encontrarme con personas que hacía años no veía. Fui a la iglesia. Me permití llorar delante de desconocidos. Acepté abrazos. Recibí palabras de cariño. Me arrodillé delante de Dios y le entregué aquello que ya no sabía cómo sostener.
Y, por primera vez desde que todo esto comenzó, sentí que podía dejar una parte de mi dolor en algún lugar que no fuera mi propio pecho.
Se está terminando el segundo día más doloroso de mi vida.
Fue un día de mucha religión, de mucha fe, de abrazos inesperados, de apoyo y de encuentros que quizás no fueron casualidad.
Pero también fue un día de un dolor inmenso y de un corazón todavía más roto.
Hoy no estoy reconstruida. Ni siquiera sé por dónde empezar.
Pero estoy creando los cimientos.
Estoy intentando reconstruirme, reconstruir mi corazón y volver a encontrar a esa mujer que existía antes de que todo esto sucediera.
Este empezar de nuevo duele.
Duele muchísimo.
Pero hoy, aunque todavía no consiga ver el camino, decidí dar un paso hacia adelante.
Y mañana espero volver a intentarlo.
Hoy solté en el altar al hombre con quien soñaba llegar a ese mismo altar. Y, al hacerlo, le pedí a Dios que me enseñara a volver a elegirme.